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MARCO DE REFERENCIA ( FILOSÒFICO Y VALORES)

 

 

·       Jaime Torres Bodet   (1902 -- 1974)***

***

Libro: “ Textos sobre educación”

Jaime Torres Bodet

Selección, introducción y notas

De: Pablo Latapi

Producción: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

ISBN-968-29-6034-7

 

Datos biográficos

 

Hijo único de Alejandro Torres y Emilia Bodet, nació en la Ciudad de México el 17 de abril de 1902. Disfruto de un ambiente familiar extraordinariamente apto para su desarrollo humano, artístico y cultural, tanto por la profesión de su padre, empresario teatral, como sobre todo por la influencia de su madre, una mujer sensible, afectuosa y culta.

      Terminada su enseñanza primaria cursó sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria y, después, en la facultad de Jurisprudencia y en la de Altos Estudios ( hoy Filosofía y Letras) de la Universidad Nacional de México. Fue Profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria y Secretario de la misma. En 1921 José Vasconcelos, rector de la Universidad, lo nombró su Secretario Particular. Al año siguiente, una vez fundada la Secretaria de Educación Publica, lo designó Jefe del Departamento de Bibliotecas. Al sumir el Doctor Bernardo Gastélum el puesto de Secretario de Salubridad (1925), Torres Bodet pasó a ser su Secretario. Ingreso después por oposición al servicio exterior (1929), en el que fue secretario de la legación en Madrid (1929-1931) y en Paris (1931-1933), encargado de negocios en Buenos Aires (1934), primer secretario en Paris (1935-1936), Jefe del Departamento Diplomático de la Secretaria de Relaciones Exteriores (1936-1937), encargado de negocios en Bélgica ( 1938-1940) y Subsecretario de Relaciones Exteriores.

      Paralelamente a sus actividades de funcionario gubernamental y diplomático, desarrolló en estos años una intensa labor literaria. Ya desde 1922 dirigía, con Bernardo Ortiz de Montellano la revista Falange; más tarde compartió la dirección de Contemporáneos (1928-1931); asimismo, publicó numerosas obras de poesía.

      En 1943 el Presidente Ávila Camacho lo designó Secretario de Educación Pública, cargo que desempeño hasta el final de su sexenio en 1946; de fines de 1946 a 1948 fungió como Secretario de Relaciones Exteriores. Fue elegido director general de la UNESCO (1948-1952), organización en la que desempeño una intensa actividad internacional; renunció a ese puesto en noviembre de 1952.

      A principios de 1953 Torres Bodet  regresó a México. Tenía la esperanza de poder dedicarse, al fin, a su tarea de escritor. Aceptó colaborar en Novedades y en el semanario Mañana de Daniel Morales. De estas entregas habría de surgir su ensayo más filosófico, algunas reflexiones sobre la angustia de nuestro tiempo y el volumen autobiográfico Tiempo de arena, en el que recoge sus recuerdos de los primeros años. Reanudó también sus visitas a la Academia Mexicana de la Lengua, con el gusto de rencontrar a entrañables amistades, pero no sin cierta decepción.

      Además por varios viajes por el interior del País para cumplir con invitaciones y compromisos académicos, trabajó en este tiempo en la traducción de Shelley y Keats y en su ensayo tres inventores de realidad ( sobre Stendhal, Dostoyevski y Pérez Galdós ) . En 1954, al volver de Cuernavaca en automóvil, sufrió un desprendimiento de retina en el ojo derecho. Aún convalecía cuando el Presidente Ruiz Cortines le ofreció salir de México a ocupar alguna embajada de su elección. Así regreso a París, esta vez como embajador. A fines de 1958, el Presidente López Mateos lo designó Secretario de Educación Publica por segunda vez.

      A lo largo de todos estos años continuó su obra literaria, tanto los escritos autobiográficos como ensayos de otros géneros. Recibió muchos honores y distinciones; fue miembro del Colegio Nacional, la Academia Mexicana de la Lengua, el Instituto de Francia y la Academia del Mundo Latino; once universidades le otorgaron el Doctorado Honoris causa.

 

      El 13 de mayo de 1974 se suicido. Dejó este mensaje:

 

      Ha llegado el momento en el cual no puedo fingir, a causa de mis enfermedades, que sigo viviendo, en espera, día a día, de la muerte. Prefiero ir a su encuentro y hacerlo oportunamente. No quiero ser molesto ni inspirar piedad a nadie. He cumplido mi deber hasta el último momento.

 

Su esposa interpretó el suicidio como un hecho motivado por su perfeccionismo: “Fue un perfeccionista. Quería que su cuerpo, lo mismo que su mente, funcionara perfectamente... Había terminado el último volumen de sus Memorias cuatro días antes. Quería dejar la vida cuando todavía era un hombre entero. Decidió terminar su vida junto con su obra”.

 

OBRAS

 

En la obra escrita de Torres Bodet pueden distinguirse cinco géneros: poesía, ensayos de crítica literaria, novelas y relatos, memorias autobiográficas y discursos.

 

Los libros autobiográficos cubren todas las etapas de su vida:

 

·        Tiempo de arena (1955): desde su infancia hasta el verano de 1930.

·        Equinoccio (1974): de 1930 a 1943.

·        Años contra el tiempo ( 1969)

·        La victoria sin alas (1970)

·        El desierto internacional (1971)

·        La tierra prometida (1972): de diciembre de 1943 hasta el 30 Noviembre 1964.

 

Sus discursos están publicados en varios libros:

 

·        Discursos 1941-1964 (México, Porrúa, 1964)

·        Doce mensajes educativos (México, Talleres de Dirección General de Alfabetización y Educación Extraescolar, 1960)

·        Educación mexicana: discursos, entrevistas y mensajes (México, SEP, 1944)

·        Discursos en la UNESCO (México, SEP / Comisión Nacional de México para la UNESCO, 1984)

 

      Para reconstruir su pensamiento educativo, es una fortuna poder contar, al lado de discursos temáticos expositivos y ensayos filosóficos ( como algunas reflexiones sobre la angustia de nuestro tiempo) en que asuman sus preocupaciones vitales y cuestionamientos existenciales, con la narración biográfica que precisa el contexto de sus acciones de político y funcionario, y las explica. La obvia complementariedad de estos géneros y la concurrencia de estas vertientes justifican la selección de textos que aquí se presenta:

Capítulos autobiográficos referidos principalmente a las épocas en que tuvo especiales responsabilidades en la educación o a incidentes decisivos de su vida, reflexiones filosóficas sobre su perspectiva del mundo y de la interpretación de la cultura en que estaba inmerso, y en una selección de sus discursos que ilumina sus conceptos sobre la educación, la escuela, el maestro y los vínculos que poseen con el desarrollo del país.

 

Relaciones como Secretario de Educación

 

A lado de Justo Sierra y José Vasconcelos, Torres Bodet integra sin duda el trío de los Secretarios que mayor huella han dejado en la educación de México. Intentemos un resumen esquemático de sus aportaciones.

      En su primer período al frente de la SEP, que duró sólo tres años, realizó un gran esfuerzo por articular e integrar la política educativa. Pese a que heredó una relación difícil con algunos lideres del magisterio, logró que los maestros colaboraran en sus diversas iniciativas; gracias a esto, a su visión de largo plazo y al apoyo del Presidente Ávila Camacho, le fue posible echar a andar y consolidar medidas muy importantes en ese breve lapso.

      Su primer interés al llegar a la secretaria fue lanzar una campaña contra el analfabetismo, que daba continuidad al esfuerzo inicial con Vasconcelos. El índice de iletrados era en 1943 de 47.8 por ciento ( de la población mayor de seis años). Consiguió que el congreso aprobara, en agosto de 1944, como “Ley de emergencia”, la legislación que imponía a todo mexicano, de 16 a 60 años que supiese leer y escribir, la obligación moral de enseñar a un analfabeto entre los 6 y 40 años de edad. Posteriormente la campaña organizó la instrucción por grupos. Los resultados fueron positivos; se inscribieron  1,440,749 analfabetos; dos años después, en Septiembre de 1946, habían aprobado sus exámenes 708,657; otros 732,137 continuaban inscritos. Los costos se juzgaron entonces extraordinariamente bajos ( $ 3.84 pesos por alfabetizado). La  campaña se prolongó como esfuerzo permanente hasta que lograrse la erradicación definitiva del analfabetismo.

      Torres Bodet organizó también la Comisión Revisora y Coordinadora de Planes Educativos, Programa de Estudios y Textos Escolares; en 1941 se había publicado un instructivo que introducía el enfoque globalizador a través de unidades de trabajo y en 1944 se publicaron los nuevos planes y programas de primaria que suprimían la  enseñanza socialista y propugnaban la unidad de todos los Mexicanos.

      Estableció el CAPFCE ( Comité de Administración del Programa Federal de Construcciones Escolares), que por muchos años habría de impulsar la multiplicación de los locales escolares en toda la Republica.

      En el campo de la formación del magisterio, fundo el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio, que contribuiría a preparar y titular a los maestros que ejercían sin título, brindándoles cursos por correspondencia y enseñanza directa. Asimismo impulsó la educación normal superior.

      Inicio la Biblioteca Enciclopédica Popular que publicó más de 100 volúmenes y la obra México en la Cultura; además, aumentó  considerablemente los subsidios a las Universidades.

      Inauguró los edificios de la Escuela Normal, el Conservatorio Nacional de Música, la Normal Superior y la Biblioteca de México.

      Por encargo del Presidente, elaboró el texto del artículo 3º constitucional de 1946, texto que suprimió la enseñanza socialista ( establecida en 1934) e inauguró la orientación democrática y nacionalista de la educación aún vigente. Las orientaciones de la parte doctrinal de tal precepto, ya impregnadas del pensamiento democrático occidental que se iba difundiendo en los organismos internacionales durante los primeros años de la posguerra, constituyen en quizás el legado más permanente de su primer período en la SEP.

      En su segundo período como Secretario, puesto al que llegó en 1958, ya enriquecido con la experiencia del primero y de los años pasados en la UNESCO, su obra es más importante.

      Vuelve a impulsar la campaña alfabetizadora, ya institucionalizada en un sistema nacional de patronatos de alfabetización que coordinaba los centros dedicados a esa tarea educativa. Aunque en 1950 y 1957 se había logrado alfabetizar a 1,973,147 personas, el índice de iletrados seguía siendo superior al  40 por ciento. Según las cifras oficiales, a fines del sexenio, en 1964 se había reducido al 28.9 por ciento, aunque el número absoluto de analfabetos disminuyó sólo ligeramente: de 10.3 a 9.2 millones.

      Su preocupación se centró entonces en la enseñanza primaria, cuyo alcance, eficacia y calidad dejaban mucho que desear, hecho agravado por el fuerte incremento demográfico. Entre los años 1952 y 1957 sólo se había logrado una matricula en primaria del 56.7 por ciento de la demanda, y de los inscritos se perdía por deserción cerca del 40 por ciento antes del sexto grado.

      Para atender este problema, el Secretario formó una Comisión Nacional que habría de elaborar el llamado Plan de los once años. Este tendría por objeto “asegurar la resolución del problema de la educación elemental de México”, si bien limitaba sus aspiraciones a atender la “demanda real”, o sea, los niños que efectivamente solicitaran tener acceso a la enseñanza. Tenía además otras dos metas complementarias: aumentar las oportunidades de inscripción para los niños que nunca habían ingresado a la escuela y completar los centros educativos que no tuvieran todos los grados, particularmente en el medio rural.

      El plan propuso crear, en el período 1956-1970, 51,000 nuevas plazas de maestros y construir 39,265 aulas.

Previó también establecer nuevas escuelas normales y ampliar las ya existentes, así como reforzar las actividades del Instituto Federal de Capacitación del Magisterio. Pese a errores de estimación, dicho plan tuvo éxito y contribuyó a la notable expansión de la enseñanza primaria en la década de los sesenta.

      Otra tarea emprendida por Torres Bodet desde el inicio de aquel sexenio fue la revisión de los planes y programas de estudio de la Primaria, labor que encomendó al Consejo Nacional Técnico de la Educación. El Secretario fijó con claridad los objetivos de la Educación deseada: el niño debería desarrollar un conocimiento más amplio de su medio físico, económico y social; adquirir más confianza en sus dotes naturales y adoptar una actitud más CONSTRUCTIVA y responsable respecto a la sociedad. Congruentemente se reformaron también los planes de estudio de la educación normal, para dar más importancia a las prácticas de talleres y laboratorios, así como a ala observación escolar. Los nuevos planes se sometieron a la aprobación del magisterio y se dieron a conocer a la opinión pública. La respuesta fue favorable.

      Relacionada con la anterior, Torres Bodet llevó a cavo otra empresa: elaborar y publicar los libros de texto gratuitos de primaria.

 

 

      El 12 de febrero de 1959 se estableció la Comisión Nacional de Libros de texto gratuitos. La distribución de los ejemplares se inició en 1960. En marzo de 1963 se habían distribuido ya 73,000,000 de ellos y en Septiembre del año siguiente 114,000,000 .

 

 

 

Su actuación en la UNESCO

 

      La tercera reunión de la Conferencia General de la UNESCO, reunida en Beirut, eligió a Torres Bodet director general en 26 de Noviembre de 1948. Era el segundo titular, de la recién nacida Organización Internacional para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

 

 

Su pensamiento sobre la educación.

 

 

Enfoque filosófico general ( sobre la persona humana y su contexto)

 

Sin ser un filósofo en sentido estricto, Torres Bodet intentó dar respuestas a preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida y del hombre, la moral, el deber, la unidad de la persona el tiempo y las circunstancias y retos del mundo contemporáneo.

      Torres Bodet distingue tres capacidades que le parecen esenciales para alcanzar paso a paso la deseada unidad moral: el pensar con independencia, el decidir a la luz de la justicia y el actuar con serenidad. Ejercitándolas es como el individuo va labrando su propia identidad en una “ unidad moral positiva”, en que sus cualidades y defectos se integran armoniosa y equilibradamente.   

El ideal educativo puede resumir en diez características:

·        Actitud general de integridad.

·        Autoestima.

·        Concepto noble de la existencia.

·        Virtud.

·        Dignidad.

·        Elegancia.

·        Sencillez.

·        Modestia

·        Probidad y honorabilidad.

 

      El ideal humanista universal que resume este hombre cabal se traducirá en las propuestas educativas de Torres Bodet del “Mexicano ideal” y del “Ciudadano del porvenir”.

 

El Contexto

Si la angustia es consustancial al hombre por el hecho de su conciencia responsable, la realidad contemporánea, la agudiza en forma extrema Torres Bodet la califica como “ un símbolo universal de estos tiempos”. El siglo xx ha impuesto un estilo de vida cuyas características provocan angustia: la prisa, la impaciencia, la superficialidad, el miedo a la extinción colectiva, el afán irracional de lucro y la fe en los logros de la tecnología sin comprenderla, desembocan en la angustia de nuestro tiempo”.

      En particular, un progreso material mal asimilado y la incomprensión de los hechos científicos en los que se basa nuestro estilo de vida, nos han conducido a una profunda falta de cultura. Las conductas humanas se han vuelto más automáticas y más desprovistas de sentido; el hombre contemporáneo ha renunciado a pensar por sí mismo. Esto produce un profundo desequilibrio moral.

      Además, el progreso técnico ha requerido una especialización excesiva de parte de científicos y profesionales, lo cual conduce a abandonar la aspiración suprema de la cultura que es la de comprender la totalidad. La formación especializada tiende a descuidar el desarrollo de los aspectos espirituales, sobre todo cuando se orienta exclusiva o predominantemente el progreso material. El especialista carece de “unidad interior”, renuncia al equilibrio adecuado entre sus elementos materiales y espirituales y, por tanto, a la aspiración de llegar a ser un hombre cabal. Por ello no puede hacer frente a la angustia y se convierte en un hombre medio.

      Este hombre medio, es el individuo que no puede superar la angustia que lo asedia, para hacer su vida y afirmar su autonomía. Es el que sucumbe al reto de la dificultad y se deja arrastrar por el pánico masivo; el que reacciona instintivamente a la angustia del ambiente erigiendo un muro entre sus creencias y sus acciones. En un hombre solo en medio de la muchedumbre.

      El hombre medio llega así, escapar a los problemas sociales de su tiempo, pero a costa de vivir en un aislamiento trágico respecto a su sociedad y a su historia. Está “ expulsado de su conciencia” por miedo a reconocerse  como es en realidad: un hombre sin ilusión y sin perdón.

      Por su aislamiento de la historia, ha perdido la conciencia de su pasado y toda confianza en su futuro. Dejo de comprender la función de su memoria y de utilizar su capacidad de previsión; inmerso en el presente, se asemeja a un “ fugitivo “ que, para escapar a la policía, se ha subido a un tren cuya dirección ignora. En consecuencia, carece del sentido de realización.

      El siglo xx ha ensanchado la brecha entre el destino personal del individuo y la abundancia de medios materiales de la civilización. Además, ha reducido los márgenes de la libertad individual, principalmente al generalizar el trabajo automatizado y al manipular los medios de comunicación con fines publicitarios. La propaganda actual, que se impone a nuestra mente y nuestros sentimientos, representa un fenómeno más peligroso que las indoctrinaciones del pasado, ya que estas ultimas, basadas en una autoridad, no impedían que los hombres siguiesen pensando con libertad; la publicidad, en cambio, induce al hombre a tomar determinadas decisiones sin que sé de cuenta de ello.

      Hay que ver en el hombre medio contemporáneo un factor importante de la desintegración gradual que esta experimentando la humanidad actual. ¿ Qué hacer ante esta crisis? Torres Bodet propone, en primer lugar, intentar devolverle al hombre medio el significado del sentimiento, del deseo, para que supere su indiferencia y su temor. Inculcarte, además, los “antídotos del miedo”: La confianza en sí mismo y en sus capacidades junto con el sentimiento de su responsabilidad personal. Y ofrecerle oportunidades de verdadera educación.

 

Naturaleza y funciones de la educación.  

 

En la tarea que cada persona tiene que emprender, de transitar de lo real a lo ideal a través del aprendizaje, se inscribe la educación. Ésta es un proceso necesario, que abarca toda la vida del individuo y del grupo; en su acepción más general, se identifica con la suma total de la experiencia.

      Dentro de esa totalidad conviene distinguir, por una parte, la educación interna que se orienta a lo emotivo, lo intuitivo, el sentimiento, y la externa, referida a la interacción del individuo con su medio. Por otra parte, la enseñanza formal que tiene por objeto el aprendizaje dirigido y normado por objetivos, y la informal que comprende los aprendizajes no predefinidos ni dirigidos.

      La educación formal, que hoy en día se lleva a cabo en enormes sistemas educativos, además de ser una ayuda para cada individuo, es también un instrumento de reforma social. Pero con el fin de resultar eficaz. Los planes y programas de estudio han de ser propuestos a la sociedad, discutidos con los ciudadanos, sobre todo con aquellos que participarán en su aplicación. No hay que olvidar que la escuela es un espejo de la vida; ella recoge las conductas sociales del entorno; en ella es posible que la sociedad se autoanalice.

      Puesto que la escuela es para aprender conductas y conocimientos, se requiere contar, por una parte, con orientaciones morales y, por otra, con una teoría del conocimiento.

      La unidad del hombre es fundamentalmente una “unidad moral”, pero lograrla, particularmente en el mundo contemporáneo, se ha tornado muy difícil. La crisis actual es “una crisis de valores”, hay que luchar para devolver al hombre el sentido-- y el gusto-- de la responsabilidad personal. La norma moral es “ comportarnos como desearíamos que se comportaran todos nuestros iguales”.

      Torres Bodet insiste en el esfuerzo que significa aprender. No aprendemos por decreto; es una tarea eminentemente personal. El único conocimiento relevante es aquel que descubrimos por nosotros mismos. Por esto, es indispensable aplicarnos a aprender con dedicación y disciplina.

      La escuela debe ofrecer al alumno la oportunidad de enfrentarse a dificultades para que vaya adquiriendo la necesaria disciplina. Evitará fomentar una comodidad o facilidad engañosas que puedan amortiguar la “energía animal” del ser humano, es decir su capacidad de enfrentarse a situaciones cambiantes. Así entendida, la disciplina es algo digno; el deber cumplido, la tarea lograda, es una forma de belleza.

      En cuanto a los métodos de enseñanza Torres Bodet se pronuncia a favor de la exposición clara y precisa, que resalte lo sustancial, prescinda de lo superfluo y ponga de relieve las interrelaciones entre los temas. Prefiere los métodos activos y globalizadores, porque contribuyen a despertar la inteligencia, la imaginación y el admirable poder creativo de los alumnos.

 

El Maestro

 

      La función del mentor es, para Torres Bodet, moral e intelectual.

      En lo moral, debe ser ejemplo vivo de los ideales que se propone inculcar. Su cualidad principal es la responsabilidad, en virtud de la cual se hace acreedor a la confianza pública.

 

 

      Esta responsabilidad se debe traducir, en la práctica cotidiana del docente, en comprensión del alumno, atención a sus peculiaridades y dedicación a las tareas de oficio. Los alumnos no deben  ser tratados como siervos, sino estimulados como personas, para que muestren su deseo y su capacidad de conquistar y merecer su independencia. Deben ser apoyados con dulzura y firmeza en el lento proceso de su maduración, hasta que lleguen a ser hombres cabales.

      En el plano del conocimiento, quienes practican el magisterio requieren actualizarse y perfeccionarse continuamente. Sus conocimientos deben de ser profundos con el fin de que puedan presentarlos a los alumnos de una manera pedagógica y facilitar su asimilación.

      Además de estas funciones, el Profesor tiene una especial tarea Cívica que cumplir ante sus alumnos y ante la comunidad. El docente representa a la PATRIA; es su obligación llevar el mensaje y los valores de México hasta los más remotos rincones del país.

      Torres Bodet estableció algunas orientaciones generales para el Profesor.

·        Debe despertar las almas.

·        Nunca lastimar o injuriar a los alumnos, ni ser causa de que éstos se desvíen en su búsqueda de libertad.

·        Mostrar respeto por las diferencias de personalidad de sus educandos.

·        Inspirar un sentimiento de solidaridad social entre el individuo y su familia, entre la prosperidad de cada una de éstas y el progreso del país y, para ello, promover la participación de todos en las tareas que mejoren los niveles de vida de las comunidades. Insistió también en la importancia del ejemplo – el maestro debe vivir lo que enseña- y en su papel para lograr la unión de todos los mexicanos, en la libertad.

 

El ideal educativo para México.

 

 

Como responsable de la educación nacional, Torres Bodet propuso el ideal al que debía tener la actividad educativa del País. Lo hizo especialmente en tres ocasiones: al elaborar el texto del articulo 3º de la Constitución que el Congreso aprobó en 1946, al describir  al         “ Mexicano ideal “ y al “Ciudadano del Porvenir”. El estudio de estos dos últimos textos – que complementan el texto constitucional-- es indispensable para quien desee profundizar en los valores proclamados que formalmente han guiado la educación mexicana en el último medio siglo.

      El esquema conceptual del texto constitucional es el siguiente:

      En su parte introductoria y primer párrafo, se establecen los fines de la educación y los criterios que habrán de normarla.

Los fines pueden reducirse a dos.

·        Desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano.

·        Fomentar en la educación, a la vez, el amor a la patria y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y la justicia.

 

El primero de los fines queda normado por dos criterios:

·        Uno de laicidad, que implica que la educación sea ajena a toda doctrina religiosa y que combata la ignorancia y sus efectos.

·        Uno científico, aplicado a toda enseñanza, que implica que ésta se base en los resultados del progreso científico y luche contra la ignorancia y sus efectos.

 

Otras tres pautas se ofrecen para normar el segundo fin ( o sea el de fomentar el amor a la patria y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y la justicia):

·        Un criterio democrático, que considera a la democracia de tres maneras: como estructura jurídica, como régimen político y como sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo. Estas tres acepciones de la democracia suponen el aprecio por la dignidad de la persona y la  integridad de la familia, los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, y la comprensión de nuestros problemas sin hostilidades ni exclusivismos.

·        Un criterio nacionalista, que supone tanto el mejoramiento de las condiciones de  vida del pueblo ( mediante el interés general de la sociedad y el aprovechamiento de los recursos del país), como también la defensa de la independencia política y el aseguramiento de la soberanía económica.

·        Un criterio de fomento de la mejor convivencia humana, que implica varios de los principios anteriores, como la dignidad humana, los ideales de fraternidad e igualdad, el mejoramiento constante, etcétera.

      Hay afinidades evidentes entre estas orientaciones y las que, dos años después, en 1948, quedarían plasmadas en el artículo 26, fracción 2, de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de la ONU:

“ La educación tendrá por objeto el pleno  desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos; y promoverá el desarrollo de las actividades de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz”.

      Es interesante comparar las orientaciones fundamentales del texto constitucional con las descripciones del “Mexicano ideal” y del Ciudadano del porvenir”.

      La primera forma parte del discurso pronunciado el 29 de Julio de 1959 ante el Consejo Nacional Técnico de la Educación. El pasaje describe las cualidades que todo mexicano requiere y que la educación debe promover y estimular:

 

         “Un Mexicano en quien la enseñanza estimule armónicamente la diversidad de sus facultades: de comprensión, de sensibilidad, de carácter, la imaginación y de creación. Un mexicano dispuesto a la prueba moral de la democracia, entendiendo a la democracia << no solamente como una estructura jurídica y un régimen político>>, siempre perfectibles, sino como un sistema de vida orientado << constantemente al mejoramiento económico, social y cultural del pueblo >>.

Un Mexicano interesado ante todo en el progreso del país, apto para percibir sus necesidades y capaz de contribuir a satisfacerlas- en la cabal medida de lo posible – merced al aprovechamiento intensivo, previsor y sensato de sus recursos. Un mexicano resultó a afianzar la independencia política y económica de la patria, no con meras afirmaciones verbales de patriotismo, sino con su trabajo, su energía, su competencia técnica, su espíritu de justicia, y su ayuda cotidiana y honesta a la acción de sus compatriotas. Un Mexicano, en fin, fiel a las aspiraciones y a los designios de su país, sepa ofrecer un concurso auténtico a la obra colectiva- de paz para todos y de libertad para cada uno – que incumbe a la humanidad entera, lo mismo en el seno de la familia, de la ciudad y de la Nación, que en el plano de la convivencia internacional digna de asegurar la igualdad de derechos de todos los hombres”.

 

La descripción del “Ciudadano del porvenir” es de fecha anterior: figura en el discurso del 14 de febrero de 1946. Ella se enfoca a las virtudes que requiere el desarrollo de México, particularmente la tenacidad, perseverancia, grandeza de alma, trabajo, sacrificio, veracidad y nobleza.

Dice así:

 

Ese ciudadano del porvenir habrá de corresponder a un tipo leal, honrado, limpio, enérgico y laborioso. Que quiera a su patria entrañablemente, sin necesitar engañarse, para quererla, sobre los males y las flaquezas que aún la agobian, y que sea digno de comprender esas  flaquezas y aquellos males, no para exagerarlos con la ironía y el pesimismo, sino para corregirlos con el trabajo, con el sacrificio, con la virtud. Un  tipo de ciudadano veraz en todo; veraz con sus semejantes y veraz consigo mismo; fiel a su palabra; superior a las mezquindades del servilismo gregario y la adulación; que no se cruce de brazos ante las dificultades, esperando que lo salven de ellas, tardíamente, un golpe de suerte, un medro ilegítimo, una astucia vil. Un ser  que no abdique de sus derechos por timidez o por negligencia, pero que no los ejerza abusivamente  y que, sobre todo, jamás olvide que la garantía interna de esos derechos radica en el cumplimiento de los deberes....En fin, un tipo de ciudadano capaz de juzgar de las cosas y de los hombres con independencia, y con rectitud, porque sea capaz de juzgarse a si propio antes que a los otros, y que sepa que, por encima de la libertad que se obtiene como un legado, el destino de los pueblos coloca siempre la libertad superior: la que se merece”.

 

      Torres Bodet, sintió un desencanto al comprobar el escaso éxito de sus esfuerzos en la educación para inculcar los valores anhelados, particularmente el amor a la paz, la tolerancia y el sentido cívico. A fines de su primer período escribía:

“¡ Que tristemente me equivoqué ¡ Nada de lo que imaginaba en aquellos días se realizó. La palabra del Maestro de escuela no ha sido norma de la tregua en que coexistimos sin convivir. Hay más aulas en el mundo, que en 1945. Hay más alumnos. Y más transmisores de la enseñanza. Pero no hay más amistad real entre los países. Pero no hay más quietud en el alma, ni más confianza en la obra de la verdad”.

 

En otro pasaje, se refiere al escaso efecto que tuvo la reforma de los contenidos de Civismo en su primer período:

 

“¡ Pobre insistencia la mía, y estéril aspiración! Los Maestros de Civismo me oyeron y hasta creo que me aplaudieron. Pero no modificaron en nada sus hábitos escolares. Mis palabras cayeron en el vacio... La escuela no había logrado oponerse a la disgregación de los ideales. La corrupción de las costumbres, la frivolidad, el materialismo mal entendido y el ansia de goces rápidos y vehementes pesaban mucho en la juventud... Lo que veo hoy, desde el observatorio en que las circunstancias me han colocado de un escritor abismado en su soledad – no me anima a creer que acerté en mi intento”.

 

Otro motivo de desilusión lo constituyó, para él, la profunda desunión entre los mexicanos. Al consignar las dificultades que encuentra un Secretario de Educación en México, dice:     ” Probablemente, la más profunda radique en la falta de unidad esencial en el pensar de los mexicanos... sus divergencias oscuras – e irreductibles – sobre el concepto mismo de la nación mexicana... Entre nosotros, Cuauhtémoc y Hernán Cortés siguen peleando incesantemente...” Y ahonda en las “dos interpretaciones parciales de nuestra historia”,  Los “dos Méxicos... El de los misioneros y el de los encomenderos...”Por esto insistió tanto en la “Unidad Moral de todos los Mexicanos”.

 

      No obstante estas frustraciones, su fe en el poder de la educación para mejorar a los hombres fue un rasgo predominante de su personalidad. Alfonso Caso da testimonio de ello: “ Lo que siempre admiré en Jaime fueron no solo sus cualidades intelectuales sino lo que creó que es en, él lo esencial: su vocación para enaltecer al ser humano y protegerlo  de todo aquello que puede menoscabarlo, y su constante fe, que nunca ha flaqueado, en la redención del hombre por la educación”. Esta fe inquebrantable el poder de la educación para elevar al hombre, realizado en él lo que es mas humano” es la razón de “la confianza que depositaron en él los Presidentes de México y los delegados de todas las naciones”.

 

Discurso: Las armas que el país confía a sus maestros son de luz y de persuasión. (Palabras dirigidas al magisterio el 7 de enero 1959.

 

 (....) Las circunstancias van a imponer a ustedes – y a nosotros, también – una responsabilidad histórica indiscutible. Permítanme ustedes creer que, de acuerdo con sus tradiciones más nobles, el magisterio mexicano aceptará esa responsabilidad con entusiasmo y con pundonor.

      No obstante el incremento de nuestra producción agrícola e industrial, somos todavía, por comparación con muchos países, un pueblo pobre. Al mismo tiempo, somos una colectividad que no sabría existir sin su independencia. Ahora bien, para salir de nuestra pobreza y para salvar nuestra independencia, no disponemos sino de un medio: nuestro trabajo. Pero, ¿cómo trabajar productivamente sin apoyarnos en el conocimiento indispensable para el éxito del trabajo? ¿ Y cómo obtener el conocimiento sin fomentar, en todos los sectores de nuestro pueblo, la Educación?

      Cierta estadista dijo, en el siglo XIX, que gobernar debía ser poblar. En nuestra república, no faltan los pobladores. El número de los habitantes de México aumenta rápidamente. No nos amenaza tanto el desierto físico – contra el cual, en diversas regiones de nuestro suelo, deberemos luchar – también-, cuanto el desierto intelectual en que viven, sin culpa suya, muchos millones de nuestros compatriotas: hombres, mujeres y niños a quienes tenemos el compromiso de integrar a la evolución de nuestra república. Convendría, en nuestro caso alterar la fórmula célebre. Para nosotros, y por espacio de muchos años, gobernar a de ser educar, Educar Incansablemente.

      Como lo dijimos ayer, lo diremos hoy; mientras la mitad de la Población de México viva en la ignorancia y mientras la educación de la otra mitad no alcance un nivel más alto y una consistencia más homogénea, lo que llamamos nuestro progreso estará a merced de cualquier error, que, para otros, más poderosos, sería eso, un error tan sólo, y que podría convertirse – para nosotros – en una catástrofe incalculable. Queremos crecer de prisa. Y procede que así lo hagamos. Pero debemos percatarnos a tiempo de que crecer sin madurar no seria crecer de veras. Durante algunos sismos hemos tenido que deplorar lo que ocurre con los edificios mal construidos. Ruedan por tierra. Les faltaba ese esqueleto de hierro que ciertas personas designan como el “alma” de la estructura... Lo propio puede acontecer con todas las obras del hombre. Nada, en ellas, remplaza al alma. Y de la robustez del alma que demos a las realizaciones de México dependerá, finalmente, su persistencia.

 

 

        Un país no es grande por lo que ostenta. Es grande por las reservas morales y materiales que tienen debajo de lo que ostenta. La categoría de una escuela no se mide tan sólo por la modernidad de sus aulas o por el lujo de sus vestíbulos. Lo que principalmente importa, en cualquier país, es la autenticidad, la eficacia, el valor positivo del ciudadano. Y lo que importa principalmente, en cualquier escuela, es la calidad del Maestro que la enaltece.

      Vamos  tratar de mejorar la educación que reciben, en todas las escuelas, todos los mexicanos que van a la escuela. Vamos a tratar de que cada uno de los futuros ciudadanos de México, si va a la escuela, aprenda a ser allí lo que debe ser. Vamos a tratar de enmendar (no con protestas ni con discursos, sino con hechos) el pesimismo de quienes temen que nuestro sistema   educativo esté  condenado a una lamentable parálisis progresiva. Si, todo eso vamos a intentarlo. Pero hemos  de reconocerlo con entereza: la tarea no será fácil. Y no será fácil porque estamos experimentando, en materia educativa, una crisis de desaliento. Antes de hablar con ustedes, he conversado con numerosos padres de familia y he interrogado a no pocos niños. No puedo en verdad decir que mis impresiones hayan sido satisfactorias. Y estoy seguro de que en muchos de ustedes – pues son honrados- debe existir la misma insatisfacción.

      Según lo declare, en múltiples circunstancias, desde la tribuna de la UNESCO, no sólo la escuela educa. Educa, en conjunto, la sociedad. Pero en la práctica – y  por la desgracia – la sociedad no educa siempre como quisiéramos que educase.

     A veces, deforma a los educadores, habituándoles a considerar sus debilidades, sus vicios y sus defectos como algo absolutamente normal, permitido, aceptable e, incluso, útil. Esto, que se advierte en todas las colectividades humanas, se advierte igualmente en México. ¿Cómo asegurar, por ejemplo, que algunos de nuestros problemas educativos no sean, en proporción importante, una consecuencia de la tremenda crisis, espiritual y política, que afecta al mundo contemporáneo? ¿ Y cómo afirmar que no obedecen muchos de esos problemas a las grandes incertidumbres, técnicas y morales, del período de transformación – y de reajuste- que  atraviesa nuestro país?

      Los resultados de aquella crisis y de estas incertidumbres repercuten inevitablemente sobre la escuela. Pero no vamos por eso a cruzarnos de brazos, aguardando a que una y otras desaparezcan o se atenúen. Hemos de trabajar, según han trabajado todos los educadores del mundo, en todas las épocas de la historia, no en el paraíso de la utopía, sino en la tierra de la dramática realidad, dentro de las condiciones que son las nuestras: las del México de 1959, en el mundo de 1959.

       A pesar de la pobreza que experimentamos, no tenemos derecho al desistimiento. Y no tenemos ese derecho porque, cuanto más inquietante y más pobre parezca la realidad, más serenidad y más pertinencia debemos poner en perfeccionar la pequeña porción de la realidad que se nos ofrece, usando correctamente los recursos, los métodos y los medios que estén a nuestro cuidado. Mucho es lo que podemos hacer, sin salir en ningún momento del papel que nos corresponda. Y de todo cuanto podemos hacer, como educadores, lo más urgente en mi juicio es velar por la escuela de México sea un elemento valioso e insospechable, constructivo y alentador. sólo así podrá acelerar la consolidación y el progreso de los valores supremos de nuestra patria.

      El maestro no es exclusivamente un profesional de la educación. Es, a lo largo de toda su vida, un ciudadano capacitado para educar. Si, como ciudadano, el maestro inspira a una mayor justicia social, debe ser justo, como maestro, en el interior de la escuela misma. Sí,

como ciudadano, quiere que cumplan todos sus semejantes con sus deberes, ha de empezar por cumplir él mismo, sin alardes ni intemperancias, con su deber. Si, como ciudadano, anhela que el alma de México siga irguiéndose, intrépida y luminosa, debe procurar – como maestro – que el alma de sus alumnos sienta en el aula un genuino estímulo mexicano y encuentre en ella ese ambiente de laboriosidad y de paz, de respeto humano y de libertad, que deseamos para toda nuestra república.

      Es indispensable que, desde el primer día del nuevo período lectivo, los padres se percaten de que hay en todos nosotros una voluntad auténtica de servicio. Que la escuela oficial no sea la postrera oportunidad y el refugio último. Que sea, al contrario, la escuela viva, eficaz, sincera; pobre tal vez en aspecto externo, pero animosa, y  abierta a lo porvenir. Que los directores y los maestros no sólo estén en un sitio a partir de la inauguración de las clases, sino que organicen con anticipación el ingreso de los alumnos, prevean y faciliten las inscripciones, soliciten a tiempo el material de que pueda disponer la Secretaria y hagan en todo caso, de la entrada a nuestros planteles, una sencilla fiesta cívica para el barrio y no un día de inquietud de sorda – o ruidosa – inconformidad.

      Que la escuela y la población, a la que debe servir la escuela, se integren en una atmósfera de concordia y respeto mutua. Que las deficiencias inevitables sean anunciadas con franqueza y explicadas con cortesía a quienes deben conocerlas para entenderlas para excusarlas. Que cada semana, los padres de familia tengan oportunidad, si así lo desean, de saludar al maestro y de interrogarle para que éste, con tu consejo, le ayude a guiar mejor a los colegiales en esa escuela interna y afectuosa que es el hogar de los mexicanos.

      Todo eso, con ser ya mucho, no representa sino un preludia. Por qué, mientras duren los cursos, habrán ustedes de recordar que el grupo de cada clase no es solamente un grupo, es decir: una cifra en las estadísticas oficiales. No; cada grupo escolar constituye un conjunto único, de personalidades irremplazables  y de conciencias inconfundibles, en proceso de formación.

      Nuestra constitución dispone que la educación mexicana ha de ser democrática y ha de tender a “ desarrollar armónicamente todas las facultades del ser humano”. Ese solo principio exige que cada alumno confiado a nuestros maestros reciba de ellos un trato individual y determinado, a fin de que el conocimiento de sus características naturales permita fomentar en el educando las posibilidades de su personalidad intransferible y, a la vez, “el amor a la patria y la conciencia de la solidaridad Internacional, en la Independencia y en la Justicia”.

      ¡Cuántas tareas, sí, pero cuanto honor! Modelar, con acierto y con devoción, el perfil intelectual y moral de los jóvenes mexicanos ha de ser indudablemente para el maestro tanto como sentir, bajo sus manos mortales, la arcilla plástica y generosa de la que está surgiendo, día a día, el semblante nuevo de la república. Nada más noble y conmovedor.

      Servir al país, formándolo y suscitándolo. ¿Qué misión más indeclinable? Confiamos en todos los buenos maestros se apresten a realizarla con lo más acendrado de su inteligencia,  lo más firme de su carácter y lo más leal de su corazón.

 

 

 

 

“Eliminar las minas de la ignorancia, del odio y del rencor nos parece un deber de todos los hombres de buena voluntad. Aceptemos ese deber. Y cumplamos, así, con la labor suprema de la UNESCO”.

 

Jaime Torres Bodet.

 

 

“Creo que, sin quererlo, acabo de definir la meta última de la UNESCO: INSTAURAR – por medio de la educación, de la ciencia y de la cultura – una solidaridad internacional que permita considerar como el mejor de sus hijos al que sirva mejor la causa de todo el género humano”.

 

Jaime Torres Bodet.

 

 

“La unidad no puede tener otro fin que el bien y la dignidad del hombre, del hombre al servicio del mundo, en un mundo al servicio del hombre. Al esforzarse por hacer el mundo más humano y a los hombres más conscientes de sus responsabilidades para con el mundo, la UNESCO prepara esa UNIDAD, que es la mejor garantía de la paz”.

 

Jaime Torres Bodet.